NOVIEMBRE 3, 2025. JACK EWING PARA THE NEW YORK TIMES.

Esta semana, los accionistas de Tesla votarán si entregan a Elon Musk un paquete de acciones valuado en casi un billón de dólares, condicionado a metas que parecen más propias de la ciencia ficción: multiplicar por seis el valor bursátil de la empresa y fabricar un millón de robots humanoides.

Aunque el plan se presenta como un incentivo al desempeño, en realidad expone graves fallas de gobernanza corporativa. El consejo de administración —integrado por aliados y familiares de Musk— podría otorgarle parte del premio incluso si no cumple los objetivos. Esto pone en entredicho la independencia del órgano y abre la puerta a decisiones guiadas más por lealtad que por resultados.

Desde el frente financiero, Tesla ya cotiza con una valoración cuatro veces superior a la de Toyota, pese a que su rentabilidad depende más de expectativas e incentivos que de utilidades sostenibles. Apostar tanto a promesas futuras —robots, taxis autónomos y software aún no rentables— podría inflar una burbuja difícil de sostener.

Si Musk obtiene el control cercano al 30 % de las acciones, consolidará un poder casi absoluto dentro de la compañía, lo que aumenta el riesgo de concentración y falta de rendición de cuentas. La votación de esta semana no solo decidirá su salario: medirá hasta qué punto los inversionistas están dispuestos a seguir financiando un mito más que un modelo de negocio.

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