Introducción
La salud mental de los jóvenes atraviesa una crisis silenciosa que rara vez recibe el nombre que merece. En lugar de tristeza, ansiedad o agotamiento, lo que muchos adolescentes y adultos jóvenes experimentan a diario es la presión constante de mostrarse bien, de publicar sonrisas, de responder «todo perfecto» cuando nada lo está. Este artículo de revisión examina las repercusiones de la positividad tóxica: la imposición sociocultural de mantener un optimismo excesivo y forzado que invalida emociones humanas naturales como la tristeza, el dolor o la ansiedad, bajo el mandato implícito o explícito de «deberías ser feliz» o «mantén el pensamiento positivo» (González, 2025). La preocupación central de este trabajo radica en que dicha imposición no solo persiste, sino que se ha normalizado de manera alarmante, siendo reproducida y amplificada por las mismas plataformas digitales que los jóvenes usan cotidianamente.
El objetivo de este artículo es analizar cómo la obligación sociocultural del optimismo interrumpido afecta el bienestar físico, emocional y relacional de los individuos, y explorar estrategias de afrontamiento saludables, incluyendo propuestas de política digital. La tesis central sostiene que la presión por mantener esta hiper-positividad no elimina el sufrimiento, sino que lo empeora: fomenta la supresión emocional, que incrementa la intensidad del malestar psicológico (Gross y John, 2003), provoca somatización física y genera microtraumas que aíslan a las personas. En contraparte, la flexibilidad psicológica y la validación emocional constituyen alternativas eficaces para lograr una resiliencia genuina (Ford et al., 2018).
Este fenómeno no ocurre en el vacío. Las plataformas digitales actúan como amplificadores activos de esta presión, exigiendo una imagen de bienestar constante y estigmatizando el dolor. Berrío Chavarría y Betancur Hincapié (2024) demuestran que las redes sociales actúan como un espejo de la identidad, donde el bienestar se define por la capacidad de alinearse con tendencias dominantes. Por ello, este artículo se enfoca en la población joven que consume y es afectada por estas narrativas, incluyendo un análisis de cuentas digitales que reproducen la positividad tóxica y una propuesta de políticas de plataformas orientadas a la salud mental.
Held (2002), quien introdujo el concepto de la «tiranía de la actitud positiva», argumenta que la presión social por mostrarse siempre feliz genera repercusiones negativas como la ansiedad y la culpa. Dos décadas después, esta tiranía ha encontrado en el ecosistema digital un canal de propagación sin precedentes, cuya influencia sobre los jóvenes exige atención urgente. La importancia del tema radica en la necesidad de eliminar la falsa creencia de que el bienestar se alcanza evadiendo el dolor, y de promover una alfabetización emocional que permita a las personas priorizar su salud mental por encima de las apariencias.
En cuanto a las limitaciones, el análisis se restringe a una revisión documental de quince estudios seleccionados y no sustituye intervenciones médicas o psiquiátricas para trastornos severos preexistentes. El artículo se organiza en torno a cinco ejes: (1) la presión sociocultural y el mandato hegemónico; (2) el rol amplificador de las redes sociales y sus actores concretos; (3) las consecuencias clínicas e interpersonales de la supresión emocional; (4) estrategias de afrontamiento basadas en la validación y la aceptación; y (5) una propuesta de políticas digitales orientadas a la salud mental.
Metodología
Se llevó a cabo una revisión bibliográfica de artículos sobre las repercusiones de la positividad tóxica en la salud mental y sus afectaciones psicológicas. Los artículos se encontraron en Consensus, Wiley Online Library, Research Rabbit, el Repositorio Institucional de la Universidad de Antioquia, la Biblioteca UDLAP, el portal del Colegio de Psicólogos de Guatemala y Google Scholar. Las palabras clave empleadas fueron: positividad tóxica, salud mental, afectaciones psicológicas, consecuencias emocionales, cultura, bienestar psicológico y apariencia.
De los dieciséis artículos encontrados inicialmente, se seleccionaron quince para el desarrollo de los resultados. Los criterios de selección fueron metodológicos y temáticos: se eligieron estudios clínicos, cualitativos y mixtos en español e inglés que abordan directamente los efectos perjudiciales de la imposición social del optimismo, analizando repercusiones como la somatización, los microtraumas en relaciones interpersonales y posibles intervenciones como la flexibilidad psicológica. Se excluyó un artículo centrado exclusivamente en los beneficios organizacionales del optimismo por no abordar el daño emocional de la positividad forzada (Roemer y Harris, 2018). Una vez seleccionados, los artículos se analizaron mediante fichas de bibliografía comentada y se organizaron en torno a los cinco ejes temáticos del presente trabajo.
Resultados
Los quince estudios seleccionados se organizaron en torno a cinco ejes temáticos que permiten comprender el fenómeno de la positividad tóxica en toda su complejidad: (1) la presión sociocultural y el mandato hegemónico de la actitud positiva; (2) el rol de las redes sociales como amplificadores del fenómeno, con énfasis en actores y cuentas concretas; (3) la supresión emocional y sus consecuencias clínicas e interpersonales; (4) las estrategias de afrontamiento basadas en la validación, la aceptación y la flexibilidad psicológica; y (5) lo que las plataformas digitales hacen actualmente, y lo que deberían hacer, para mitigar este problema.
1. Presión sociocultural y el mandato hegemónico de la actitud positiva
La presión social y cultural de mantener una actitud continuamente positiva daña la salud mental al invalidar emociones humanas naturales, y esta realidad es cada vez más preocupante dado que los mecanismos de perpetuación se han sofisticado. Held (2002) introduce el concepto de la «tiranía de la actitud positiva» para describir cómo, en culturas occidentales de alto rendimiento, existe un mandato social tan arraigado que convierte la propia búsqueda del bienestar en una fuente de angustia: cuando alguien no logra sentirse bien, su malestar se intensifica porque siente que no cumple los estándares sociales. Este análisis teórico-crítico seminal establece el marco conceptual que los estudios posteriores confirman empíricamente.
Gross y John (2003) aportan evidencia empírica fundamental: las personas que habitualmente suprimen sus emociones, en lugar de regularlas de manera cognitiva, reportan menor bienestar subjetivo, mayor afecto negativo y relaciones interpersonales más pobres. Lo alarmante es que esta supresión no surge de un deseo genuino, sino de un entorno que castiga la expresión del malestar. En el contexto latinoamericano, Pinazo Maquera y Guzmán Díaz (2021) complementan este diagnóstico al demostrar que el discurso hegemónico del éxito obliga a los jóvenes a la hiperproductividad y el sacrificio del descanso, señalando que quienes no cumplen estas exigencias se sienten abrumados y rechazados. Bajo esta lógica, los sujetos no productivos son considerados débiles e incapaces, lo que revela cómo el mandato positivo opera simultáneamente como herramienta de control social.
2. Redes sociales como amplificadores: actores concretos y contenido tóxico normalizado
Es aquí donde la preocupación se vuelve más urgente. Las plataformas digitales no solo reflejan el mandato positivo, sino que lo industrializan, lo monetizan y lo distribuyen a escala masiva entre jóvenes cuyo sistema emocional todavía está en formación. Berrío Chavarría y Betancur Hincapié (2024) demuestran que las redes sociales crean entornos donde el bienestar se mide por la capacidad de alinearse con tendencias dominantes, generando sentimientos de inadecuación y ansiedad cuando los jóvenes no pueden sostener esa imagen. Lo que originalmente fue psicología positiva se convirtió en una fantasía de un mundo perfecto donde nada produce daño.
Un ejemplo paradigmático y profundamente preocupante es el fenómeno de las cuentas de «buenas vibras» en Instagram y TikTok. Cuentas como @thegoodquote, con más de nueve millones de seguidores en Instagram, publican frases como: «Si lo puedes soñar, lo puedes lograr» o «Elige ser feliz», descontextualizando por completo las condiciones materiales, sociales y emocionales de quienes las leen. En lugar de ofrecer recursos, normalizan la idea de que el sufrimiento es una elección personal, culpabilizando implícitamente a quien no logra «pensar en positivo». De manera similar, cuentas del movimiento de la «Ley de Atracción» como @lawofattraction o perfiles afiliados al libro El Secreto difunden la creencia de que las emociones negativas «atraen» resultados negativos, lo que lleva a millones de jóvenes a sentir que su ansiedad, tristeza o miedo son responsables de sus fracasos. Este mensaje es clínicamente dañino: Campbell-Sills et al. (2006) demostraron experimentalmente que suprimir la respuesta emocional en personas con ansiedad y trastornos del estado de ánimo incrementa significativamente el malestar subjetivo en lugar de reducirlo.
El ámbito del marketing multinivel (MLM) representa otro vector alarmante de positividad tóxica digital. Cuentas asociadas a empresas como Herbalife, Amway o diversas marcas de «bienestar» utilizan un lenguaje sistemáticamente positivo para reclutar distribuidores, frases como «tú puedes», «tu éxito depende de ti» y «no hay excusas» que invisibilizan las condiciones estructurales del fracaso económico y culpabilizan a quienes no prosperan en estos esquemas. Areiza Pérez y Blanquicett Barrientos (2024) documentan que el consumo de este tipo de contenido extremadamente positivo en redes actúa como factor estresor cuando los jóvenes comparan sus crisis cotidianas con la perfección proyectada en las pantallas, derivando en frustración y una brecha creciente entre la realidad vivida y la expectativa digital.
En el espacio del wellness y la espiritualidad digital, figuras con millones de seguidores como Gabby Bernstein o ciertas cuentas de «mindfulness positivo» mezclan técnicas de bienestar genuinas con mensajes que patologizan el sufrimiento normal. La diferencia entre psicología positiva legítima y positividad tóxica es crucial: la primera valida las emociones difíciles como parte del proceso de crecimiento, mientras que la segunda las rechaza activamente. David y Congleton (2013) denominan «agilidad emocional» a la capacidad de reconocer y aceptar los propios pensamientos y emociones, incluidos los negativos, como punto de partida indispensable para actuar en coherencia con los valores personales, una capacidad que la positividad tóxica digital destruye sistemáticamente.
Pinazo Maquera y Guzmán Díaz (2021) señalan que, irónicamente, en redes sociales empezó a circular contenido «motivacional» que terminó siendo contraproducente para la salud mental, pues invitaba a los usuarios a ver lo «positivo» del contexto en lugar de validar su malestar real. Lo que preocupa no es solo el contenido de estas cuentas, sino la velocidad con la que sus mensajes se normalizan: al ser consumidos diariamente por millones de jóvenes en edad formativa, se convierten en el marco de referencia desde el cual estos interpretan sus propias emociones.
3. Supresión emocional y sus consecuencias clínicas e interpersonales
La evidencia clínica sobre lo que ocurre dentro del individuo que suprime sus emociones es contundente y, en muchos casos, desconocida por el público general, lo que hace aún más preocupante su normalización. Ruiz Monterroso (2022) encontró una relación directa entre reprimir sentimientos y la aparición de síntomas físicos como dolores de cabeza, problemas digestivos y fatiga crónica. La supresión emocional, la inhibición consciente de la expresión emocional mientras se experimenta una emoción, no reduce la intensidad de las emociones, sino que prolonga el malestar psicológico al impedir su procesamiento correcto. El cuerpo termina expresando aquello que la mente ha sido forzada a callar.
Quizá el caso más perturbador y documentado de la historia reciente sobre las consecuencias letales de la positividad tóxica es el de Kim Tinkham, una mujer diagnosticada con cáncer de mama en estadio III que, influenciada por la doctrina del pensamiento positivo difundida en el libro El Secreto (Byrne, 2006) y amplificada por medios de alcance masivo, rechazó el tratamiento médico convencional en favor de una dieta alcalina pseudocientífica, bajo la creencia de que su actitud mental podía curarla. Murió en 2010. Como documentan Gorski y colaboradores (2010) en su análisis del caso, la probabilidad de supervivencia a diez años con tratamiento era de entre 50% y 70%; sin él, inferior al 4%. Lo más revelador, en términos de positividad tóxica, no es solo la tragedia individual: es que, al fallecer, los promotores de la doctrina que la inspiró culparon a la propia Tinkham de no haber «vivido lo suficientemente positivo». La responsabilidad, como siempre en esta cultura, recayó sobre la víctima.
Gross y John (2003) complementan este hallazgo al demostrar que los supresores emocionales tienen menos emociones positivas y más negativas en la experiencia cotidiana, más síntomas depresivos, menor bienestar y peores relaciones sociales. Ford et al. (2018) aportan evidencia longitudinal especialmente relevante: aceptar las emociones negativas, en lugar de rechazarlas, se asocia con menor psicopatología y mayor bienestar psicológico, incluso cuando dichas emociones son intensas. Este hallazgo es particularmente importante porque desmantela científicamente el argumento central de la positividad tóxica: la idea de que evitar el malestar conduce al bienestar.
A nivel interpersonal, Arroll (2023) introduce el concepto de microtraumas para describir las heridas emocionales acumuladas que se generan cuando alguien invalida los sentimientos de otro bajo la apariencia del optimismo. Frases como «no te afectes tanto», «podría ser peor» o «piensa positivo» invalidan sentimientos genuinos y, a largo plazo, crean barreras y aislamiento en las relaciones. Arroll sostiene que comprender la diversidad emocional, el «emotobioma», es clave para la salud emocional y la alfabetización afectiva. González (2025) respalda clínicamente este hallazgo desde la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT): intentar suprimir pensamientos negativos para reemplazarlos por positivos no elimina el sufrimiento, sino que refuerza la lucha contra la experiencia interna, contribuyendo al deterioro del bienestar psicológico.
4. Estrategias de afrontamiento: validación, aceptación y flexibilidad psicológica
La alternativa a la positividad tóxica no es el pesimismo ni la resignación, sino el realismo emocional, y la evidencia revisada apunta de manera consistente hacia herramientas clínicas concretas. González (2025) expone que la ACT propone sustituir el mandato de «elige ser feliz» por una invitación a vivir con sentido, incluyendo la totalidad de la experiencia humana, desde la alegría hasta el dolor. Hayes, Strosahl y Wilson (2011), creadores del modelo ACT, demuestran que la aceptación de los eventos psicológicos internos, sin intentar modificarlos o suprimirlos, reduce el sufrimiento y mejora la funcionalidad psicológica de manera sostenida. La ACT no busca que las personas se sientan bien todo el tiempo, sino que actúen con coherencia con sus valores incluso cuando se sienten mal, lo que constituye una respuesta clínicamente validada a la positividad tóxica.
Sawhney (2025) propone cambiar el «todo va a estar bien» por un «está bien no estar bien ahora mismo», argumentando que aceptar las emociones negativas no es pesimismo, sino funcionalidad y resiliencia a largo plazo. David y Congleton (2013) refuerzan esta postura desde el concepto de agilidad emocional: las personas emocionalmente ágiles no se dejan arrastrar por sus emociones negativas, pero tampoco las suprimen; las observan, las nombran y actúan desde sus valores, lo que se traduce en mayor bienestar y eficacia personal. García Fajardo (2022) demuestra que la autoconciencia y la aceptación contribuyen a prevenir el burnout y facilitan una regulación emocional más efectiva, concluyendo que desde la identificación del propio potencial las personas pueden gestionar sus emociones y elegir opciones acordes con cada situación.
Campbell-Sills et al. (2006) añaden evidencia experimental clave: en comparación con la supresión, la aceptación de las emociones produjo menor malestar subjetivo y menor activación fisiológica en participantes con trastornos de ansiedad y estado de ánimo, confirmando que aceptar lo que se siente es fisiológicamente más saludable que intentar suprimir la experiencia. Pinazo Maquera y Guzmán Díaz (2021) concluyen que es fundamental crear espacios que validen las emociones negativas y construir discursos alternativos del éxito que prioricen la salud mental, reconociendo que ser exitoso también es saber cuidar de la propia salud mental.
5. Lo que las plataformas hacen y lo que deberían hacer: propuesta de política digital
Si las redes sociales han sido uno de los principales vectores de normalización de la positividad tóxica, tienen también la responsabilidad y la capacidad de convertirse en parte de la solución. Lo que ocurre actualmente en algunas plataformas muestra avances parciales pero insuficientes que es urgente completar y sistematizar.
En el plano de las iniciativas existentes, Instagram introdujo el control de contenido sensible y la opción de ocultar el conteo de «likes», reconociendo que la comparación social cuantificada daña el bienestar de los usuarios, especialmente entre adolescentes. TikTok implementó recursos de salud mental en pantalla y la campaña «You Are Not Alone», que dirige a usuarios que buscan contenido relacionado con autolesiones hacia recursos de apoyo. Pinterest adoptó en 2015 una política de búsqueda de términos relacionados con trastornos alimentarios que redirige automáticamente a recursos de ayuda. Estas iniciativas son valiosas, pero fragmentadas y reactivas: actúan sobre síntomas extremos sin abordar el problema estructural de la normalización de la positividad tóxica en el contenido cotidiano.
Lo que preocupa profundamente es que el algoritmo de recomendación, el corazón de estas plataformas, sigue premiando el contenido que genera mayor engagement, y el contenido de positividad tóxica, con sus frases motivadoras y estéticas aspiracionales, genera altos niveles de interacción. Esto significa que el modelo de negocio actual incentiva estructuralmente la producción y distribución de contenido emocionalmente dañino. Berrío Chavarría y Betancur Hincapié (2024) documentan que las métricas de aprobación social refuerzan la represión emocional como norma de interacción, un problema que ninguna iniciativa actual de las plataformas ha abordado a nivel sistémico.
Ante este panorama, se propone un conjunto de medidas concretas de política digital organizadas en cuatro dimensiones. En primer lugar, en materia de transparencia algorítmica, las plataformas deberían publicar auditorías periódicas que especifiquen qué tipos de contenido emocional son amplificados por sus algoritmos, con indicadores de impacto en salud mental desarrollados junto con profesionales de psicología clínica. En segundo lugar, en cuanto a etiquetado y verificación de contenido de bienestar, todo contenido que haga afirmaciones sobre salud mental o bienestar emocional debería requerir verificación de credenciales del creador, con etiquetas visibles que distingan entre contenido creado por profesionales certificados y contenido de divulgación no especializado. Cuentas que sistemáticamente publican mensajes que patologizan el sufrimiento normal deberían recibir restricciones de amplificación algorítmica.
En tercer lugar, en el ámbito de la educación emocional integrada, las plataformas deberían incorporar módulos interactivos de alfabetización emocional accesibles desde los perfiles de usuario, desarrollados con instituciones de salud mental y pedagogía, que expliquen la diferencia entre psicología positiva legítima y positividad tóxica, y que proporcionen herramientas de regulación emocional adaptadas a diferentes rangos de edad. Esta propuesta es coherente con lo que David y Congleton (2013) denominan el desarrollo de la agilidad emocional como competencia fundamental del siglo XXI. En cuarto lugar, en relación con la responsabilidad de los creadores de contenido de alto alcance, cuentas que superen un umbral determinado de seguidores y que publiquen contenido relacionado con bienestar, motivación o salud mental deberían estar sujetas a estándares mínimos de responsabilidad, incluyendo la prohibición de afirmaciones que culpabilicen a los individuos por sus estados emocionales o que prometan resultados de salud mental sin respaldo científico.
Discusión
El conjunto de la evidencia revisada apunta en una dirección consistente y preocupante: la positividad tóxica no es una estrategia de bienestar, sino un factor de riesgo para la salud mental, física y relacional de los jóvenes, y su normalización a través de las plataformas digitales ha acelerado y amplificado sus efectos de manera sin precedentes. Esta afirmación encuentra respaldo en fuentes de naturaleza muy diversa, desde análisis teórico-críticos hasta estudios clínicos experimentales, lo que confiere solidez particular a la tesis central de este trabajo.
La articulación entre el mandato sociocultural (Held, 2002; Pinazo Maquera y Guzmán Díaz, 2021) y el rol amplificador de las redes sociales (Berrío Chavarría y Betancur Hincapié, 2024; Areiza Pérez y Blanquicett Barrientos, 2024) revela que el fenómeno está sostenido por estructuras sociales y tecnológicas que lo perpetúan. Lo que Held (2002) describió como una «tiranía» cultural ha encontrado en las plataformas digitales un canal de propagación global: cuentas como @thegoodquote o el ecosistema de la «Ley de Atracción» no solo reproducen el mandato positivo, sino que lo cuantifican a través de métricas de aprobación que refuerzan la represión emocional como norma de interacción.
La convergencia entre el plano clínico y el relacional es especialmente significativa. Gross y John (2003) y Campbell-Sills et al. (2006) demuestran que la supresión emocional es fisiológica y psicológicamente costosa, mientras que Arroll (2023) muestra cómo este costo se transfiere a los vínculos interpersonales en forma de microtraumas acumulativos. Ford et al. (2018) añaden la perspectiva longitudinal: los efectos negativos de la represión emocional no son solo inmediatos, sino que se acumulan con el tiempo, lo que hace aún más urgente intervenir en las etapas tempranas de la vida.
En cuanto a las estrategias de afrontamiento, la convergencia entre Hayes et al. (2011), González (2025), Sawhney (2025) y David y Congleton (2013) es notable: independientemente del marco teórico de partida, todos concluyen que la aceptación emocional es superior a la supresión como estrategia de regulación. No obstante, es importante señalar tensiones metodológicas: algunos estudios de afrontamiento se realizaron con poblaciones adultas o profesionales (García Fajardo, 2022; Sawhney, 2025), lo que invita a la cautela al generalizar sus hallazgos a poblaciones jóvenes. Esta limitación subraya la necesidad de investigaciones específicas sobre la implementación de ACT y alfabetización emocional en contextos educativos con adolescentes.
La propuesta de políticas digitales que emerge de esta revisión no es periférica al problema, sino central. Cualquier programa de intervención que ignore el ecosistema digital en el que viven los jóvenes estará abordando solo una parte del problema. Las plataformas tienen la responsabilidad ética, y cada vez más la presión regulatoria, de alinear sus modelos de negocio con el bienestar de sus usuarios más vulnerables.
Conclusión
El presente artículo de revisión tuvo como objetivo analizar cómo el mandato sociocultural de mantener una actitud constantemente positiva impacta la salud mental, física y relacional de los jóvenes. La conclusión es clara y preocupante: la positividad tóxica, lejos de constituir una estrategia de bienestar, funciona como un factor de riesgo que intensifica el sufrimiento psicológico, y su normalización a través de las redes sociales representa uno de los desafíos más urgentes de salud pública mental de nuestra época.
Entre los hallazgos más relevantes, destaca la consistencia transversal de la evidencia: desde la perspectiva clínica experimental de Gross y John (2003) y Campbell-Sills et al. (2006) hasta los estudios cualitativos con jóvenes latinoamericanos de Berrío Chavarría y Betancur Hincapié (2024), pasando por la evidencia longitudinal de Ford et al. (2018), todos apuntan en la misma dirección: suprimir las emociones negativas las intensifica, no las elimina. El organismo somatiza la represión emocional en síntomas físicos, y los vínculos interpersonales se deterioran a través de microtraumas acumulativos (Arroll, 2023) que aíslan socialmente a quienes los sufren.
Lo que más inquieta es la velocidad con la que este proceso se ha normalizado. Cuentas con millones de seguidores publican diariamente contenido que culpabiliza el sufrimiento, que convierte la ansiedad en un problema de actitud y que transforma la resiliencia en una obligación estética. Los jóvenes absorben estos mensajes en etapas críticas de su desarrollo emocional, interiorizando la represión como norma antes de tener las herramientas para cuestionarla.
La resiliencia auténtica no se construye con optimismo forzado, sino mediante el desarrollo de la flexibilidad psicológica, la aceptación emocional y la agilidad emocional (David y Congleton, 2013; Hayes et al., 2011). Estas estrategias permiten a los individuos afrontar la adversidad de manera funcional, consciente y coherente con sus valores, sin necesidad de fingir que todo está bien cuando no lo está. La ACT ofrece un marco clínicamente validado para este proceso (González, 2025; Hayes et al., 2011).
Como línea de investigación futura, se señala la necesidad urgente de estudios longitudinales que analicen los efectos a largo plazo de la exposición sostenida a la positividad tóxica digital en adolescentes, así como de investigaciones sobre la efectividad de programas de alfabetización emocional en contextos educativos que integren explícitamente la dimensión digital. Las plataformas, por su parte, tienen la responsabilidad de alinear sus modelos de negocio con el bienestar de sus usuarios más jóvenes mediante las políticas concretas propuestas en este trabajo. El bienestar psicológico sostenible comienza por el derecho a estar mal, y ese derecho hay que defenderlo también en el mundo digital.
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